Cada vez que mi madre me pregunta sobre los chicos le digo que no hay nadie, y aunque ella no se lo cree, es una de las pocas cosas en las que le soy sincera.
–Gwen, ¿sales a la puerta? -me pregunta Diana.
–Vale, ¿para qué?
–Quiero fumar.
Así que salimos del local y nos quedamos en la puerta.
–¿Tú quieres?
–Sabes que no fumo regularmente -le advierto.
–Ya, pero hoy es un día especial, ¡has cantado delante de mucha gente desconocida! Eso tiene su mérito, y su cigarrillo de celebración.
–Bueno, vale.
Nunca he estado a favor de los fumadores, pero sí que es verdad que Diana y yo tuvimos una época "rebelde". Las dos probamos el tabaco a la vez, pero se supone que a ella le gustó más que a mí, y por eso ella lo sigue haciendo diariamente, aunque yo sólo lo hago de muy vez en cuando.
Terminamos y entramos a por Marcos, por lo menos yo quiero irme ya a casa. Diana también está un poco cansada, y para no quedarse sólo, nos vamos los tres. Primero acompañamos a mi amiga y luego Marcos me lleva a casa.
–Vas a tener que andar un buen trecho tú solo, podrías haberme dejado unas calles más atrás.
–No pasa nada, me gusta andar por la calle de noche, me da qué pensar.
Proseguimos nuestro camino, hasta que llegamos a mi casa, donde sólo está encendida la luz del dormitorio de mis padres.
–Creo que deberías irte ya, a ver si te va a pasar algo -le aconsejo, mientras busco las llaves en mis pantalones.
–Sí, debería irme. Muchas gracias por cantar conmigo.
–Ya, ya, pero no me lo vuelvas a hacer otra vez, eh...
Marcos me da un abrazo de despedida y se marcha, a la misma vez que abro la puerta de casa y entro. Están todas las luces apagadas, pero tanteando un poco llego a las escaleras y subo hasta mi habitación. Allí enciendo la luz y me desvisto, me pongo el pijama y enciendo el portátil. Son casi las doce.
Me siento en la cama y apago la luz grande, encendiendo la de la mesita de noche. Al poco rato, mamá aparece tras la puerta del cuarto:
–Has llegado muy pronto.
–Sí, es que no teníamos ganas de estar más tiempo allí.
–¿Me has grabado algo? Si no, te rajo -dice a la vez que sonríe un poco.
–He grabado un par de canciones y después Diana me ha pasado otro vídeo.
–¿Y por qué el que te ha pasado no lo grabaste tú?
–Porque... -la verdad es que no quiero decírselo, mi madre nunca ha sabido que me gusta cantar-. Porque mi móvil no tenía batería.
–¿Y ahora por arte de magia la tiene casi entera? -dice, a la vez que lo coge de la mesita.
–Bueno, vale. Marcos me subió al escenario con él y cantamos juntos una canción -en cuanto lo dije, agaché la cabeza y me puse a teclear a lo loco en el portátil.
–¿Qué? -mamá viene, se sienta al pie de la cama y me abraza-, ¡eso es fantástico! ¿Desde cuando te gusta cantar?
–Desde siempre.
–Pues me parece muy bien que tengas esa afición, y no la que tengo yo, que me paso todo el día echando humo por la boca. Creo que voy a consultar al médico para que me ayude a dejarlo.
En ese momento me siento culpable. Justo esta noche, he fumado y ella no lo sabe. Rápidamente respiro hondo e intento olerme para saber si huelo a tabaco.
–Sí, creo que deberías dejarlo.
–No puedo dormir -dice mi hermana pequeña Ana, a la vez que se rasca los ojos y levanta su osito de peluche del suelo, al darse cuenta de que lo estaba arrastrando.
–Tranquila, cariño, ven -le dice mamá abriéndole los brazos.
Cuando la tiene sentada en sus piernas pregunta:
–¿Sabéis por qué tú te llamas Gwen, un nombre inglés, y tú Ana, un nombre español?
–Sí -decimos las dos a la vez, en realidad estamos hartas de que nos lo explique, pero nos reímos igualmente.
–Como ya sabéis vuestro padre nació en Londres, y nos conocimos allí en un viaje que yo hice. Entonces él quería ponerte a ti, Gwen, un nombre inglés, así que yo lo dejé. Cuando nos enteramos de que Ana venía en camino, le dije que a mí me gustaría que tuviera un nombre de aquí, así que por eso.
–Ya van cuatrocientas las veces que nos lo has contado -le digo, graciosa.
–Bueno bueno, a dormir que ya es muy tarde. Ana, ahora voy contigo y te leo algún cuento, ve para tu cuarto -Ana se va, y cuando desaparece de mi habitación mamá prosigue-, y tú no te enamores de Marcos, aunque si ocurre pues no te lo voy a impedir.
–¡Mamá! ¡A mí no me gusta Marcos!
–Bueno, pero es que una chica no sube a un escenario con cualquiera.
–Es mi amigo desde los cinco años, cómo no voy a subir.
–Venga, a dormir.
–Sí, yo creo que debería dormir porque con las chorradas que dices...
–Eh, que soy tu madre.
Y entre risas y abrazos, nos damos las buenas noches. Mamá no ha cerrado la puerta del todo, como te costumbre, así que me levanto y la cierro. Entonces, miro para el lado, y veo el espejo. Soy una chica de dieciséis años que todavía no ha salido con nadie, en realidad es muy triste. Diana tuvo su primer novio en el primer curso del instituto, en aquélla época nuestra. Yo sin embargo siempre me quedé atrás, pensando que algún día mi príncipe azul aparecería de repente. Como les ocurrió a mis padres. Mi padre estaba trabajando de camarero en un bar, y mi madre le pidió un café. Éste se lo trajo, pero de los nervios de su primer día, se lo tiró encima. Una simple casualidad que acabó con un bonito romance, un casamiento y dos hijas. Yo también quiero un cambio así en mi vida, algo radical que cambie mi vida por completo, y encontrar el amor. Pero por ahora todo eso tendrá que esperar, la verdad es que estoy cansada incluso después de haber dormido siesta así que apago el portátil, lo pongo sobre el escritorio y me tapo con las mantas, a la vez que apago la luz de la mesilla de noche e intento dormirme lo antes posible.
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